Lento crecimiento, estancamiento y recesión: pasado y perspectivas de la economía salvadoreña (Parte I)

Foto: AFP

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La economía nacional transita por un entorno económico marcado por una serie de desequilibrios estructurales que ejercen presión sobre las condiciones de vida de la población, fundamentalmente, de la clase trabajadora más vulnerable. En particular, estos desequilibrios están vinculados a un crónico déficit en el balance de cuenta corriente y la salida exacerbada de capitales. Esto ocasiona una mayor dependencia al ahorro externo y, por tanto, una dinámica de endeudamiento insostenible.

El reflejo de esta tendencia es una baja inversión, con una demanda interna virtualmente estancada que absorbe el 95 % del PIB. Así, el país se encuentra en un modelo de estancamiento o bajo crecimiento, con una tendencia hacia una recesión de ruptura, no sólo económica, sino también política y social. Esta tendencia no es única de El Salvador, sino que se ha comenzado a llevar a cabo también en los países más rezagados del centro de la geoeconomía global como el sur de Europa, a partir de la crisis financiera internacional.

En el gráfico siguiente se observa el crecimiento económico en los últimos 5 gobiernos, lo cual muestra que El Salvador no presenta ninguna posibilidad de cambiar la tendencia al estancamiento y la recesión. Las condiciones generadas por el conflicto armado heredaron una estructura económica desarticulada, de modo que, el proceso de relanzamiento de la acumulación implicaba altas tasas de crecimiento con inputs relativamente bajos de recursos. Estos recursos no fueron destinados al desarrollo económico ni a la superación de la pobreza histórica.

G1 comportamiento del PIB trimestral

 

El bajo desarrollo de las fuerzas productivas posguerra se entiende, en tanto la reconstrucción fue orientada a una refuncionalización de la acumulación capitalista en un marco de recomposición de una acumulación manejada en un proceso acelerado de reorganización de la concentración y centralización del capital. La oligarquía histórica se va transformando a una burguesía oligárquica asociada con el capital transnacional, constituyendo esta alianza la estructura de clase dominante consecuente con el marco neoliberal en las relaciones económicas, política y sociales.

A partir del esquema de circuitos transnacionales de acumulación, el modelo neoliberal salvadoreño fue orientado hacia una economía de servicios, con un alto coste de oportunidad en términos del desarrollo de las fuerzas productivas, anclado a la liberalización comercial, la privatización de servicios públicos y un esquema monetario dolarizado.

De esta manera, la terciarización de la economía crea incentivos hacia inversiones de bajo desarrollo de fuerzas productivas, sin desarrollar economías de escala basadas en la productividad, sino que se inserta en la competitividad a través de bajos costes laborales. Esto provoca un mercado interno deprimido que estimula inversiones de promoción a la exportación que, vinculado al estancamiento de las fuerzas productivas, alienta los bajos costes laborales como mecanismo de competitividad y la salida de capitales bajo una lógica de inversiones rentistas. Estas condiciones  son las que reflejan la rápida caída de la tasa de crecimiento que se refleja en el gráfico 1 y establecen los limitados márgenes de maniobra para estimular el crecimiento, como se muestra en el gráfico 2.

G2 proyecciones del crecimiento real

Se estima que el crecimiento rondaría entre el 2 y 2.25% en 2014 y 2015 y alcanzará el 2.6% en 2017. Estas décimas de crecimiento, según el BCR, serían un resultado de los estímulos que tendría la demanda por aumentos en la masa salarial, un aumento de la inversión resultado  de la ejecución de nuevos proyectos de inversión pública y privada, incluyendo Fomilenio II, así como por la balanza positiva que se viene presentando en la cuenta de servicio, principalmente por los proyectos de servicios internacionales en el marco de la estrategia de outsourcing (maquila de servicios) de parte de las transnacionales.

Esto se puede contrastar con los datos de la Tabla 1, donde  se muestran las proyecciones del BCR en cuanto a la expansión de la inversión detectada para el período 2015-2019. Así se proyectan un aumento de inversiones en aproximadamente US$ 2,500 millones de dólares. De esta inversión mucha destinada a la profundización del sector servicios, que reproduce la matriz productiva terciarizada de baja cualificación laboral y, por tanto, baja retribución salarial y débil articulación con la matriz productiva nacional. Esto confirma la debilidad estructural mencionada, en cuanto el impacto de crecimiento en la demanda interna.

C1 proyeccion de nuevos proyectos de inversión

Lo anterior hace que el  aporte en el crecimiento por el aumento de las inversiones proyectadas, no logra contrarrestar los componentes estructurales de semi-estancamiento del modelo económico neoliberal del país. Así, luego del repunte en décimas del crecimiento, las previsiones del FMI y BCR lo vuelven a colocar el PIB a tasas de crecimiento del 2%. Es decir, que el aporte de las inversiones no genera cambios en la matriz productiva que tiendan a ampliar las capacidades de la matriz productiva y, por tanto, a reducir asimetrías con las estructuras productivas de los  países con que nos relacionamos económicamente. Más bien, se  dan inversiones con características rentistas, las cuales ya son dominantes en el país, por el proceso de transnacionalización que se ha dado.

Según estimaciones propias, de acuerdo a las estadísticas de salarios medios reportados por cotizantes del ISSS y bajo las premisas de crecimiento proyectadas por el BCR, el empleo formal a 2019 sería de 888,236 frente a los 797,451 empleos formales en 2014. Es decir que, con las inversiones esperadas, se estarían creando 90,785 empleos en el quinquenio, con una tasa de crecimiento promedio de 2.18% anual.

A pesar de la creación de 90 mil empleos en un plazo de cinco años, la tasa de cobertura del empleo formal es baja. Como se observa en el gráfico 3, menos de un tercio de la población económicamente activa se encuentra empleada en el sector formal, cotizante al ISSS. De 2009 a 2014 la tasa de empleo formal pasó de 26.2% a 28.4%. La proyección para el quinquenio 2015-2019, con los nuevos empleos creados llegaría al 28.8%. Al evaluar la tasa con respecto a la población en edad de trabajar baja hasta el 18% para 2013 con una PET registrada de 4,391,453 lo que mostraría una fuerte desprotección de un gran sector de la población a futuro que generaría presiones al Estado para cubrir mediante políticas compensatorias.

G3 tasa de empleo formal

Ahora bien, tomando en cuenta las previsiones de inflación por el FMI y BCR, el salario real del empleo formal incrementaría, en promedio, 1.12% anual. Es decir, que la capacidad adquisitiva del empleo formal incrementaría apenas 4.61% entre 2015 y 2019.

Al realizar un cruce de estadísticas registradas por ocupación e ingresos de la Encuesta de Hogares para Propósitos Múltiples de la DIGESTYC, esta alta incidencia de empleo informal estaría también correspondida con una cifra más bajas de ingresos para estos ocupados no formales, que implica que las previsiones de aumentos de la capacidad adquisitiva serían aún más bajas al incorporar a este sector.

Así, el argumento del estímulo de la demanda planteado parece carecer de viabilidad, es decir, que si no hay impactos significativos en la creación de empleo y una administración positiva del salario real de los trabajadores, esta economía no logra crecer quizás ni las estimaciones ya analizadas.

Inclusive, con mayores niveles de demanda que los estimados, dadas las condiciones de nuestra estructura productiva, el incremento en la capacidad de consumo nacional  tiende a favorecer a las importaciones más que a la inversión interna. De esta manera, el impacto del incremento del consumo tendría un bajísimo efecto multiplicador en la matriz productiva nacional y parte importante de este impacto sea transferido al exterior, mediante la importación de bienes finales, intermedios o de capital.

La elasticidad del consumo final de los hogares con respecto a las importaciones es de 1.85% mientras que con respecto a la inversión es de 0.99%. Es decir, que aumentos del 1% del consumo tiene un impacto negativo neto de 0.86% por el aumento de las importaciones sobre el consumo doméstico. Este problema estructural de nuestra economía sólo puede resolverse si el encadenamiento de las cadenas de producción y de servicios de carácter maquilador o de ensamble, en el marco de cadenas productivas y de servicios internacionales, se transformaran hacia un encadenamiento técnico con la producción nacional, lo cual exige el desarrollo de cadenas en el marco de la ciencia y la tecnología, así como revisar todos los tratado de libre comercio, en el sentido que las asimetrías entre países sean consideradas y tratadas adecuadamente para que se puedan ser superadas en el tiempo.

Es por estas razones que podemos caracterizar al modelo económico neoliberal, como un modelo fracasado, en un estadio de lentísimo crecimiento con tendencias claras al estancamiento y la recesión si no se desmonta el modelo neoliberal y se comienza a implementar un modelo que relance la economía hacia una utilización de la capacidad instalada (industrial, agrícola, de la construcción, financiera y de la fuerza laboral física e intelectual, etc.) y una agresiva estrategia de inversión.

Estas dos dinámicas relanzarían el empleo y romperían las limitaciones estructurales de la demanda interna, siempre y cuando se corrija la distorsión de la competencia asimétrica por  la apertura, la dolarización y los tratados llamados de libre comercio,  se ponga en el centro el desarrollo y utilización de la ciencia y la tecnología, y se regule la insostenible dinámica de exportación neta de capitales.

El marco de reformas y ajustes neoliberales ha implementado una política impositiva que busca reducir al mínimo la tasa de fiscalidad al capital. Esto se compensa trasladando el peso impositivo al ingreso de los hogares, así como a la pequeña y mediana empresa. Estos sectores tienen altas tasas de fiscalidad (entre el 13% y 44%), mientras que las grandes empresas obtienen millonarias ganancias cada año con una fiscalidad que ronda entre el 2% y el 8%. Se puede afirmar, entonces, que el Estado subsidia al gran capital nacional y transnacional.

La política fiscal en El Salvador adquiere una mayor importancia, en tanto es la única vía directa de incidencia que el sector público tiene sobre la economía, al haber perdido la política monetaria, crediticia y cambiaria con la dolarización. Esta política fiscal tiene serios problemas, desde dos ángulos:

  1. La regresividad le adhiere un carácter recesivo de la política fiscal

Una fiscalidad sustentada en los ingresos de trabajadores y asalariados contrae la demanda interna y, por tanto, desestimula el crecimiento del país. Además, el capital no utiliza la baja fiscalidad para financiar nuevos desarrollos y ampliación de las fuerzas productivas del sector real de la economía, sino que esto ha alimentado una dinámica de fuga legal y encubierta de capital hacia el exterior, haciendo que la inversión tenga niveles bajísimos para los que se requieren, para poder crecer a tasas del 5% o más.

El gráfico 4 demuestra la alta regresividad de la estructura tributaria debido al alto grado de dependencia al IVA, que representa más de la mitad del total de los ingresos tributarios percibidos por el Estado. La tributación concentrada en los impuestos indirectos, permite esa irracionalidad en la regresividad de la tributación en El Salvador, dado que el capital traslada todos los impuestos indirectos a los hogares, los cuales aportaron en el 2014 el 61% de los ingresos tributarios. La renta que paga el capital es bajísima, alrededor del 4% al 8% (Arias, 2010)[1]. De esta manera, son los asalariados y las personas naturales no asalariadas la principal fuente del impuesto sobre la renta en el país.

G4 impuestos directos e indirectos

[1] Arias, S. (2010). Atlas de la Pobreza y Opulencia en El Salvador. Talleres Gráficos UCA, El Salvador.