Intereses del Imperialismo Norteamericano en el Medio Oriente y África del Norte

Foto: Reuters

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Respecto de los intereses del Imperialismo u objetivos de los Estados Unidos de Norteamérica hay tres elementos que se entrelazan y son los siguientes: libre acceso a los recursos naturales, a los mercados mundiales y oportunidades de inversiones a nivel mundial.[1] Esto ha sido una constante a lo largo y ancho de la política exterior de los Estados Unidos, y para el caso concreto del Medio Oriente, el punto nodal es el petróleo y el gas. Irak, Irán, Kuwait, la zona del Golfo Pérsico en pleno y el norte de África son ricos en este recurso estratégico para la economía de los Estados Unidos.

En el 2004 el senador republicano Richard Lugar realizó gestiones conducentes a crear un cuerpo legal en el Congreso de los Estados Unidos que conllevó al proyecto de conformación de un  Gran Medio Oriente y para ello “Se deben obtener las metas de reforma de los sistemas económicos, a la cual dichos estados se han resistido por décadas. Estas metas incluyen reformar el sistema económico, reducir el control del Estado de las economías, diversificar las industrias y reformar los mercados laborales… también se incluirán reformas políticas”.[2] Paralelamente el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lanzó en abril del 2005 el Tercer Informe de Desarrollo Humano para el Mundo Árabe. Este informe se centró en el asunto de las libertades políticas de las naciones árabes “señalando que las carencias del mundo árabe se sitúan específicamente en la esfera política”.[3]

Este campanazo puede clasificarse como el antecedente inmediato de la llamada “primavera árabe” que inició en  el Sahara Occidental en el 2010 y que conllevó a la desarticulación de regímenes centralizados en Túnez, Libia y Egipto y provocó la guerra civil en Siria, cuyo régimen ha logrado sostenerse hasta hoy. La prensa occidental calificó este acontecimiento de revolución democrática árabe.

En el fondo el proyecto de conformación de este Gran Medio Oriente y el extenso territorio del norte de África responde a la reestructuración de la economía mundial impulsada por los Estados Unidos y sus aliados más próximos de la UE (a pesar de las diferencias con los países de la eurozona) ante la crisis mundial del capitalismo y las necesidades de su refuncionalización, así como la amenaza de su dominio económico,  político y militar a nivel mundial de parte de dos gigantes: la República Popular  de China y la Federación Rusa. Coloane sustenta esta nueva ofensiva política, militar y económica al decir que “Todo esto ocurre por el predominio de las ideas neoconservadoras en política internacional que se administran desde Estados Unidos pero que atraviesa fronteras y latitudes. La idea central en el neoconservadurismo es re-posicionar a EEUU como la mayor potencia política y militar. La segunda consiste en profundizar a escala mundial los ejes de ajuste económico estructural de la década de 1980: privatizar, desregular, abrir zonas de libre mercado, desestatizar la gestión económica y social. La idea es un mundo convertido en un ‘Tea Party’ para todos, con la refundación del estado liberal desde las bases conservadoras”.[4] Se trata de una lucha en el marco de la geopolítica y geoeconomía a nivel mundial por conservar el sistema capitalista sobre la base del dominio del imperialismo norteamericano y sus aliados europeos.

La implementación de este proyecto implica un problema muy serio para la política exterior y la imagen de los Estados Unidos: su intervencionismo en el mundo árabe recurriendo para ello a la política de “doble contención o contención dual” con países aliados como los son Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán, y que inicia durante la administración Clinton como su primer antecedente.[5] Martin Indyk, asesor del presidente Clinton para Asuntos del Cercano Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad expresó en mayo de 1993, refiriéndose al régimen de Saddam Husseim que el objetivo es “establecer clara e inequívocamente que el actual régimen de Irak es un régimen criminal inaceptable para la sociedad internacional y a nuestro juicio, irremediable”.[6]

Para la opinión pública norteamericana este intervencionismo se ve con preocupación, pero las diferentes administraciones desde Clinton hasta Obama lo justifican, esgrimiendo que son los intereses nacionales de los Estados Unidos los que finalmente importan. Paralelamente los grandes medios de comunicación desde el New York Times hasta el Wall Street Journal son fieles acompañantes de esta política intervencionista que sobrepasa cualquier crítica u objeción que pueda provenir de los estadounidenses.

Es perceptible, por otra parte, el incremento del fundamentalismo islámico y de grupos clasificados por los Estados Unidos como “terroristas” y cuya máxima expresión hasta el momento actual es el llamado “Estado Islámico”. En el imaginario de muchos estadounidenses los acontecimientos del 11-S guardan relación con la política que su país mantiene en el Medio Oriente, pero no se atreven a desafiar lo que se traza desde los centros de poder real que diseñan y ejecutan la política exterior de los Estados Unidos, centros que han sido acusados de haber planificado el acto terrorista. Recientemente el Presidente de Rusia Vladimir Putin (en el marco del conflicto de Ucrania) ha amenazado a los Estados Unidos con difundir pruebas contundentes con videos satelitales de que este hecho fue implementado por los sistemas de seguridad del imperialismo norteamericano y que lo que sucedió en las torres gemelas fue una demolición impecablemente ejecutada.

Resulta entonces que para los Estados Unidos sus intereses u objetivos nacionales son una prioridad que no pueden soslayarse puesto que son el sine qua non de su sobrevivencia como potencia mundial, y para sostenerlo no importa si se sobrepasan principios o derechos afirmados incluso por el conjunto de las Naciones Unidas, lo que da lugar a la política de “doble rasero”. Sin embargo, en una región tan convulsa como lo es el Medio Oriente no es nada fácil para los Estados Unidos impulsar una reestructuración plena que lleve a controlar bajo el viejo esquema de “gobiernos satélites” esta zona estratégica, pues ni siquiera aliados como Arabia Saudita comulgan con este objetivo, que a la larga, lo saben muy bien, terminaría arrastrándolos.

Es importante, por otra parte, correlacionar en este contexto el papel que Israel viene jugando desde hace un buen tiempo por cuanto no es favorable para los Estados Unidos. Israel erosiona los intereses nacionales de los Estados Unidos al anteponer sus intereses incluso a los intereses de la potencia americana. Israel hace la guerra, expande su territorio, levanta vallas, violenta los derechos humanos de los palestinos y los Estados Unidos al justificar tal política se desacredita fuertemente aún ante sus aliados árabes.[7]

El fuerte lobby que los judíos estadounidenses ejercen en el Congreso ha terminado por desvirtuar la política exterior de los Estados Unidos respecto del Medio Oriente poniendo en entredicho su objetivo de “estabilizar” la región. Es conocida la fuerte influencia de este lobby a través de organizaciones pro-israelíes tales como AIPAC y CPMJO fuertemente ligadas a las políticas expansionistas del partido de derecha Likud de Israel, desnaturalizando los intereses nacionales de los Estados Unidos, al punto que el intervencionismo norteamericano en buena parte tiene que ver con la presión israelí por considerar que existen Estados enemigos del pueblo judío como lo es Irán.[8]

Es importante deslindar dos cuestiones: por una parte el interés de los Estados Unidos por reestructurar esta región de acuerdo a sus objetivos imperialistas, y por otra, el interés de Israel no sólo por conservar su estatus de aliado privilegiado de los Estados Unidos sino también el Estado que marca el ritmo en la región independientemente de lo que los Estados Unidos piensen. Muy difícilmente la potencia norteamericana podrá seguir jugando a una u otra carta obligándose tarde o temprano a clarificar su intervencionismo en la región, pues el mundo ya no quiere otra franja de Gaza castigada como sucedió en el 2014.

Por otra parte, no puede olvidar los Estados Unidos que en otra parte del mundo se desarrolla otro conflicto en Ucrania en donde su responsabilidad es grande. Han impuesto sanciones con sus aliados de la UE a la Federación Rusa obligándola a acelerar sus relaciones comerciales y tecnológicas con China, corriendo el riesgo enorme los Estados Unidos de desacelerar su economía.

Como cierre de este artículo de opinión, la guerra civil que se desarrolla aún en Siria es el factor que los Estados Unidos no previeron al resultar diferente de lo planeado, lo cual obliga a decir que en transcurso de los días las cosas pueden no salir tan bien para la potencia norteamericana.

 


 

[1] Doris Musalem Rahal. “La política exterior de Estados Unidos en el Medio Oriente”. Política y Cultura, núm. 10, 1998, pp. 167-183, Universidad Autónoma Metropolitana, México

[2] Citado por Juan Francisco Coloane en “La industria terrorista y el proyecto de formar el gran medio oriente”. www.tercerainformacion.es

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Luis Mesa Delmonte. “La política de la administración Clinton hacia el Golfo. Incongruencias de la ‘Doble Contención’”. África América Latina, Cuadernos n° 22, Revista de África y Medio Oriente, vol. 12, pp. 1-14

[6] Citado por Leonardo Balmaceda y otros. “Estados Unidos y la contención dual”. Terceras Jornadas del Medio Oriente, Universidad Nacional de La Plata, 2000, Argentina

[7]Al respecto es ilustrativo el libro de John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt. “El lobby israelí y la política exterior estadounidense”. 2006, Harvard University, Argentina

[8] Ibíd.