El pecado de Venezuela son sus recursos y su revolución

Venezuela

Con la llegada del presidente Hugo Chávez Frías al poder en 1998 concluyó un período de democracia representativa en manos de Acción Democrática (AD) y el COPEI (partido tradicional de la democracia cristiana). Con Chávez, Venezuela transitó hacia la democracia participativa como el componente principal del socialismo del siglo XXI y se desmarcó de la política injerencista de los Estados Unidos y de los tratados de libre comercio impulsados a través del ALCA.

La inspiración del Libertador Simón Bolívar sobre el nuevo modelo en construcción condujo a la revolución bolivariana y por ende al establecimiento de la República Bolivariana de Venezuela o V República. El ideario de Bolívar y de otros patriotas del período independentista, así como el pensamiento emancipatorio del patriota cubano José Martí, hizo de la nueva revolución un parteaguas en el viejo modelo de dominación ejercido por los Estados Unidos, cuya política imperial hacia América Latina y el Caribe había sido marcada a partir de la doctrina del presidente James Monroe en 1823.

Bolívar avizoró las intenciones del naciente imperio y alertó a los pueblos recién emancipados del agotado imperio español, de las amenazas que estaban ya presentes.  El Libertador no se equivocó y muy pronto el sueño de la Gran Colombia, por el cual luchó, se vio hecho añicos con la separación que perdura hasta nuestros días. En efecto, la frase de Bolívar, en carta dirigida al coronel Patricio Campbell, señala: “(…) los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”[1].

Resulta evidente que esta política, confirmada por la doctrina del Destino Manifiesto en 1845, y según la cual es la Providencia quien guía los pasos de los Estados Unidos para llevar a los pueblos de las Américas los principios de “libertad y democracia”, es la que desde un principio determinó el horizonte hacia los vecinos del Sur, lo que hoy en día es Nuestra América. En efecto, este pensamiento político fue reafirmado, aunque desde un punto de vista diferente, por el aristócrata liberal francés Alexis de Tocqueville (1805-1859), quien al realizar un viaje de nueve meses en el año de 1831,  pudo darse cuenta del potencial y las energías que la nueva “democracia” llevaba adentro, y que perfectamente pudo traducir como “las grandes tendencias que configurarían la sociedad burguesa del futuro”[2]. Tocqueville, uno de los más agudos observadores de la época, tampoco se equivocó, y pudo percibir que los Estados Unidos representaban la fuerza más arrolladora de los tiempos modernos.

En efecto muy pronto el naciente imperio tendió esta fuerza sobre un debilitado México, a quien arrebató, por medio del tratado Guadalupe Hidalgo, más de 2 millones de kilómetros cuadrados, quedando en claro, por los hechos, su naturaleza expansionista que con el tiempo se agigantaría todavía más. Adrián Figueroa León, al hacer un recuento de este intervencionismo, señala: “En 1898, EE.UU. le declara la guerra a España, ocupa a Cuba y obliga a España a cederle los territorios de Puerto Rico, Guam, Filipinas y Hawái… Desde el año 1900 hasta el día de hoy, existe un largo prontuario de intervenciones por parte de EE.UU. en América Latina y el Caribe que se sustentan en el mismo ideario expansionista con algunas actualizaciones según el presidente de turno, hasta llegar al 44° Presidente de los EE.UU., Barack Obama”[3].

Esta es la historia de los Estados Unidos, cuyos intereses imperiales han sido y son la arista de toda geometría del poder y del expansionismo que siempre les ha caracterizado, sobrepasando aun sobre su propio pueblo sin importar la raza,  religión o género. Y esto sucede porque no son los intereses nacionales los que importan, es decir, los de su propio pueblo, sino los intereses de las elites o las oligarquías dominantes. Por tanto, no es cierto que los Estados Unidos al defender la tesis de los “intereses nacionales” estén defendiendo los intereses del pueblo.

¿Qué interés existe, en consecuencia, por parte de las elites y grupos de poder de los Estados Unidos en centrar sus ataques en contra de Venezuela?

Esta pregunta es fundamental porque el análisis de sus respuestas explica lo que sucede actualmente en Venezuela y todavía más.

Al inicio de este artículo de opinión decíamos que con la llegada de Chávez al poder se dio de inmediato un proceso de transición de una democracia representativa a una democracia participativa, lo cual implicó darle poder al pueblo, empoderarlo en el más amplio sentido de la palabra. Pero además Chávez marcó la distancia con las políticas injerencistas de los Estados Unidos y de sus poderosas empresas transnacionales. Venezuela, junto con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay en la IV Cumbre de las Américas que se llevó a cabo en Mar del Plata en el 2005, quebraron el proyecto neoliberal del ALCA, un verdadero chasco para los intereses imperiales, pero que al mismo tiempo estaba indicando que el “cambio de época” estaba aproximándose.

Efectivamente no sólo se detuvo el ALCA sino que surgieron nuevas iniciativas integracionistas como lo son la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y PETROCARIBE. Estas iniciativas encendieron las alarmas en el Norte percibiéndose que el Sur estaba “despertando” y que había que centrar la máxima atención antes de que fuera tarde.

Chávez triunfa por la vía electoral en 1998, pero en el 2002 sufre un golpe de estado propiciado desde el Norte y acompañado por la derecha venezolana que erigen en presidente de la república a uno de sus corifeos. Muy poco duró esta luna de miel y sucedió algo inusitado que América Latina no había visto: la restauración del poder legítimo de Chávez por su mismo pueblo y las fuerzas armadas leales. Todos los golpes de estado propiciados desde el Norte bajo el concepto de Seguridad Nacional en América Latina y el Caribe fueron exitosos y el más doloroso fue el del presidente chileno Salvador Allende, por ello el golpe contra Chávez en el 2002 abrió una nueva historia para los pueblos latinoamericanos.

Las cosas no concluyeron ahí, pues al año siguiente, en el 2003, se produjo el golpe petrolero con la clara intención de desgastar a Chávez y llevarlo al colapso económico. Hubo intentos de magnicidio, la infiltración de paramilitares desde Colombia con el apoyo del gobierno de Uribe, entre otras medidas. Al fallecer Chávez en el 2013 se pensó que era el momento de actuar y derrocar a su sucesor, Nicolás Maduro Moros, y para ello la derecha venezolana en pleno se acopló y decidieron utilizar el bloqueo de calles, lo que en Venezuela se conoce como “guarimbas”. Esta estrategia de “golpe suave” siguiendo las reglas de los estrategas norteamericanos fracasó e implicó el encarcelamiento de uno de sus líderes más paradigmáticos del partido opositor Voluntad Popular, Leopoldo López, y el desafuero de la diputada opositora Ana Corina Machado.

Ante este fracaso es que se recurre a la guerra económica total o de “amplio espectro”, cuyo pilar fundamental consiste en erosionar la base económica del país atacando directamente a través de una política inducida de precios el petróleo venezolano y generando el mayor desabastecimiento posible para provocar un levantamiento de la población. No se descarta de nuevo el magnicidio y la alternativa de recurrir al bombardeo directo de Miraflores y la estatal informativa Telesur. El concepto de guerra total incluye: a) la guerra económica, que abarca acciones de sabotaje para desarticular el funcionamiento del sistema económico (procesos inducidos de desabastecimiento, paralización del transporte, destrucción o inmovilización de planteles estratégicos, represalias financieras, bloqueo comercial, y otras). b) La movilización violenta y/o “pacífica” de grupos políticos y organismos sociales financiados y entrenados (cúpulas políticas y ONG’s mercenarias). c) Diseños selectivos de inteligencia, como el uso de francotiradores en las manifestaciones, asesinatos de dirigentes políticos del gobierno o de la oposición, o conspiraciones en el seno de las fuerzas armadas. d) Las declaraciones grandilocuentes del Estado agresor, acusando al país objeto de la agresión de constituir una amenaza para el orden mundial y para sus propios intereses. e) El intenso acoso mediático, que contempla el uso de las grandes corporaciones mediáticas para montar campañas sistemáticas de manipulación y desinformación. Y f) desde luego, en la estrategia está presente, como complemento o colofón, la agresión militar directa utilizando ya sea las fuerzas del Estado interventor, o valiéndose de fuerzas mercenarias que pueden ser locales y/o foráneas[4]. Muy bien asienta, y continúa diciendo Amaru Barahona, el objetivo de este diseño de guerra económica total “no es el de una simple victoria militar, sino lograr a cualquier costo hacer inviable el proyecto político considerado como enemigo”[5].

Efectivamente, este proyecto político de desarrollo humano integral que inicia y evoluciona con Chávez y cuyos principios fundamentados en la complementariedad, cooperación y solidaridad con los pueblos de Nuestra América, es el que constituye la piedra en el zapato para los intereses imperiales de las elites del Norte, pero, además de esto, también los recursos petrolíferos y gasíferos de Venezuela es la razón de ser de la ambición capitalista de las transnacionales. A manera de ejemplo, Venezuela posee la principal reserva de petróleo del mundo cuantificada y certificada. Esta reserva asciende a 298 mil 352 millones de barriles de petróleo, constituyendo el principal recurso energético que ofrece la mayor tasa de retorno. Además, Venezuela es el país con la sexta reserva probada de gas natural a nivel mundial con 197.089 MMMPC y adicionalmente ocupa el sexto lugar a nivel mundial en lo que se refiere a capacidad de refinación con 2.822 MBD y en el ámbito internacional PDVSA cuenta con una capacidad de 1.519 MBD. Geográficamente, Venezuela se encuentra ubicada en una posición geoestratégica para los Estados Unidos, ya que un buque petrolero desde el lago de Maracaibo tarda tan solo 4 ó 5 días en llegar a Houston, mientras que desde el Medio Oriente puede tardar hasta 45 días[6]. En consecuencia, puede afirmarse que Venezuela, como el resto de países de América Latina y el Caribe, en especial aquellos que son ricos en recursos naturales, constituyen una zona geoestratégica para los intereses de las elites o de las oligarquías hegemónicas del Norte. Pero Venezuela no sólo es centro de atención por sus inmensos recursos, sino, tal como se plantea desde un principio, es centro de atención por su papel en cuanto a los procesos de cambio que se están generando en América Latina y el Caribe y su correlación de fuerzas con otras naciones más allá de las fronteras de América. Es Venezuela y no Cuba ni otras naciones como Bolivia o Ecuador quien está marcando el ritmo de cambio social en América Latina y el Caribe y esto es imperdonable en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional que durante décadas ha sido el resguardo de los intereses imperiales.

En consecuencia, el verdadero objetivo de los Estados Unidos no es Cuba, aunque anteriormente lo haya sido, no es Brasil, Argentina, Ecuador o Bolivia, lo que no implica que están fuera de su geoestrategia. Es prioridad número uno sacar a Venezuela del modelo de cambio del socialismo del siglo XXI y del modelo integracionista que surge a partir del ALBA y PETROCARIBE, y que luego continúa con la conformación de la UNASUR, el MERCOSUR y la CELAC, pecados capitales del socialismo del siglo XXI según la visión dominante del imperio. Este “mal ejemplo” es lo que hay que extirpar y debe hacerse sin dilaciones y sin importar los costos por cuanto son los intereses de las elites imperiales los que están en riesgo. Luego por añadidura caerán todos los que han seguido este mal ejemplo, que por supuesto incluye en Centroamérica a El Salvador y en especial Nicaragua. En consecuencia lo seguro es que Estados Unidos no se detendrá porque es debilidad de los imperios llegar hasta las últimas consecuencias y es en este contexto que se inscribe la Declaratoria de Emergencia suscrita por el presidente Barack Obama el pasado 9 de marzo en la cual señala a Venezuela como una “amenaza extraordinaria e inusual a la seguridad nacional y política exterior de los Estados Unidos”. El rechazo unánime de la comunidad internacional, con algunas excepciones, sobre este Decreto, y la posición firme de países latinoamericanos y caribeños durante la VII Cumbre de las Américas celebrada en Panamá los días 10 y 11 de abril, obligaron a que la subsecretaria de Estado, Roberta Jacobson, a expresar sentirse decepcionada por el amplio rechazo latinoamericano a las sanciones impuestas por Estados Unidos contra Venezuela y eufemísticamente aseguró que tales sanciones “no buscaban perjudicar al pueblo venezolano ni a todo el gobierno” de Caracas. Admitió que el asunto evoca diferencias históricas entre su país y América Latina, que no quiso precisar, pero que son una inequívoca referencia a la política tradicional de Washington en contra del resto del continente: respaldo y promoción de dictaduras impresentables, invasiones armadas contra naciones soberanas, saqueo inveterado de los recursos naturales y constante injerencia en los asuntos internos de los países del subcontinente, cuyo más reciente capítulo es, precisamente, el conjunto de declaraciones y medidas hostiles de la Casa Blanca hacia Caracas[7].

La decepción de la subsecretaria Jacobson en el fondo no es sino otro eufemismo, pues una vez concluye la Cumbre arremeten tergiversando la realidad y colocando en primer plano el encuentro de Raúl Castro con Obama como lo fundamental en cuanto a las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica. En esto de las tergiversaciones son especialistas las grandes corporaciones mediáticas, especialmente la cadena CNN y todo el conjunto de medios escritos y televisivos que les acompañan en el continente. Por ejemplo, se dijo que a Maduro y por tanto a Venezuela le fue muy mal en la Cumbre. “Maduro no encontró eco porque fue agresivo, mientras el resto buscaba otros objetivos.  Quedó en una posición marginal. El hecho noticioso más importante fue el acercamiento Estados Unidos-Cuba”[8]. Más bien lo que sucedió durante la Cumbre y permeó en la mayoría de discursos de los Jefes de Estado fue el rechazo a la política injerencista de los Estados Unidos, que perfectamente bien calzaría el titular de un artículo de opinión: América Latina se rebela.

En efecto Barack Obama llegó a la Cumbre, como suele decirse en la jerga popular con los “pies hinchados” a un escaso mes de la Declaratoria de Emergencia, y en carne propia tuvo que soportar los reclamos de América Latina y el Caribe, sobre todo lo relativo a la amenaza que según los Estados Unidos representa Venezuela para ellos. Se pidió respeto a libre determinación de los pueblos según los principios de las Naciones Unidas y se invitó sin ambages al diálogo bajo el principio del respeto mutuo no obstante las diferencias. Estados Unidos calló por completo sobre el tema Venezuela, pues al parecer era conveniente para el momento evadir y evitar. Sobre el tema Derechos Humanos el discurso de Obama fue ambiguo, reconociendo al menos que hay fisuras en la práctica de estos derechos en los Estados Unidos. La gran táctica estadounidense fue centrarse en el proceso de restablecimiento de las relaciones con Cuba presentándolo como lo verdaderamente importante de la Cumbre y además haciéndole el “favor” a la isla caribeña de gestionar para que se le excluya de la lista de países considerados como “terroristas” por el gobierno de los Estados Unidos. El presidente Correa de Ecuador fue contundente al referirse a este punto en el paraninfo de la Universidad de Panamá el mismo día de la Cumbre: “No es de favores sino de justicia”. Pero lo esencial es la cortina de humo que Obama y sus asesores tendieron focalizando todo en la problemática de Cuba y anulando por completo el tema Venezuela, lo cual obviamente fue calculado con la debida antelación.

No cabe la menor duda que las presiones y los ataques en vez de disminuir aumentarán, pero suficientes pruebas ha tenido ya el pueblo venezolano para dejarse amedrentar. Lo que Chávez logró y ha consolidado Maduro es irreversible porque pasa por la toma de conciencia de un pueblo que siendo tan rico en recursos no recibía la atención social y el desarrollo humano que necesitaba. En este sentido la revolución bolivariana puede catalogarse como la revolución inédita destinada a cambiar el rumbo de América Latina y el Caribe y de otros pueblos del mundo.

[1] Citado por Adrián Figueroa León. “Venezuela principal objetivo del imperialismo norteamericano para la recolonización  de América Latina y el Caribe”. Rebelión /www.rebelion.org/noticia/ 08-04-2015

[2] Alexis de Tocqueville. “La Democracia en América”. 1985, T.I y II, Alianza Editorial, Barcelona, España, 736 pp

[3] Op. Cit.

[4] Amaru Barahona. “El Decreto de Obama”. Rebelión /www.rebelion.org/noticia/ 31-03-2015

[5] Ibid

[6] Adrián Figueroa León. Op. Cit.

[7] Editorial de La Jornada. /www.jornada.unam.mx/2015/04

[8] Michael Shifter citado por Néstor Francia. “Venezuela después de la Cumbre”.  Rebelión /www.rebelion.org/ noticia/ 15-04-2015